Por típico o tópico que sea, no me puedo resistir: el vestuario de un gimnasio, ¡el vestuario de mi gimnasio!, es lo más morboso que existe cuando los astros se han alineado para que yo, para que tú, para que él..., nos gusten los de nuestro mismo sexo.
Y es que en esta ocasión, como quizás en otras muchas, es un pequeño placer, una pequeña ventaja que disfrutamos frente a los que gustan del sexo opuesto. Ellos(as) se han de conformar con ver contoneos y siluetas vestidas en la sala. Nosotros(as), los que gustamos del (os) y del (as) en ese orden y no en otro, podemos disfrutar sin parangón al hallarnos de pronto, así, como el que no quiere la cosa, día tras día, rodeados de desnudos que cautivan, las más de las veces esquivamente, nuestra mirada.
Y es que no lo puedo remediar. Cuando ÉL entra en el vestuario se me dilatan las pupilas, me comienza a palpitar la polla y en alguna ocasión he llegado a sentir que se me abria el ojete del culo. ÉL es El Ferrero (así le llamamos mi novio y yo, aunque fui yo el que como tal lo bautizó). Reconozco que es uno de esos tíos de los que cualquiera diría "Es demasiado guapo"; lo es, es demasiado guapo. Pero además de guapo, su cuerpo es talla de cincel clásico. No podéis imaginar el cuello que tiene, los pectorales, los brazos, EL CULO, ¡Díos qué culo!, las piernas y encima, el muy cabrón, una polla que a veces parece no saber dónde meter.
Sólo media docena de veces he podido disfrutar de su desnudez delante de mí, bueno, a espaldas de mí, pero han sido suficientes. He buscado con ansia su CULO y su POLLA, con ansia y con nocturnidad porque el macho en cuestión gusta del sexo femenino. Y cuando he conseguido mi meta, he tenido que contenerme el calentón al menos mientras estaba frente a él.
Sueño con sentarlo en un banco y bajarle lentamente el pantalón de deporte. No me andaría con demasiados preliminares, directamente le mamaría la polla eso sí, con mucho detalle. Primero el capullo, suavemente, intentando drenar con mi lengua su agujerito en busca de no se sabe qué. Luego le recorrería una a una las venas hinchadas de su sexo; de arriba a abajo, de abajo a arriba. Comerle los huevos sería otro placer. Tiraría fuerte de ellos, como si realmente quisiera tragármelos y luego a por el plato principal: su culo. Lo pondría inclinado sobre el banco y le abriría ese culo endiablado; le lamería todos sus ángulos hasta meterle mi lengua blanda, cálida y dura, todo lo hondo que dé de sí. Abrazaría mi polla entre sus dos cachetes y me restregaría mientras él jadeara. Y por último le metería la polla hasta medio talle de mis huevos que chocarían con violencia contra sus entrepiernas. ¡Guau!, me emplamo conforme redacto.
Y lo peor es que no es el único. Como él hay no menos de 2 ó 3 más que, cada uno en su estilo (buenorros, lolitos, osos...), todos diferentes, ponen un punto extra de dulzor en mis sesiones deportivas, y a todos les encontraría el rincón más salado de sus cuerpos... ¡No os quepa la más mínima duda!
Así no es de extrañar que uno acabe empalmado en la ducha. Así no es de extrañar que uno tenga que pelársela bajo el agua porque si no, no hay modo ni manera de salir a la zona pública sin algo prominente entre las piernas.
Dejo para otro día la historia de una paja de vestuario con improvisado compañero de viaje. ¿Creación o recreación?, eso cada cual lo tendrá que adivinar.
Estoy muy contento de finalmente haberme arrancado y haber dado cuerpo a este blog que durante mucho tiempo ha rondado mi pensamiento.
¿Por qué el MORBO? Pues porque es una de mis arterias instintivas; lo sé, lo noto. Y los que me conocen, nadie mejor que mi novio, o han querido conocerme..., siempre lo han aludido como rasgo destacado de mi persona. Pues eso, que parece que no sólo lo saboreo, el morbo, sino que lo despierto.
Queda inaugurado éste, ahora vuestro blog.




